Cadáveres de genes vivos

4 diciembre 04UTC 2008 en 21:16 | Publicado en Crítica, Política | Deja un comentario
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Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

De Insomnio, Dámaso Alonso.

Una metáfora adecuada para la teoría del gen egoísta es una respuesta a la pregunta “¿qué fue antes, la gallina o el huevo?”. La respuesta, según El gen egoísta, sería que la gallina no es más que el medio en que los huevos se reproducen.

Artículo sobre El gen egoísta, de Richard Dawkins, en Wikipedia.

Las personas somos entendidas en la actualidad como mecanismos de reproducción de los genes. Si es que a eso se le puede llamar persona.

Durante mucho tiempo sentí bastante lástima, una lástima que iba más allá de la compasión, por la gente que creía que todas las personas nos conducimos por una naturaleza ineludiblemente egoísta. Me parecía penoso. Pero al mismo tiempo, sentía un conflicto, ese conflicto que me llevaba, en parte, a preguntarle a Dios por qué se pudre mi alma, por qué se pudren (según las estadísticas) más de cuatro millones de cadáveres en Madrid y seis mil en el mundo. Ahora lo entiendo. Lo penoso no es pensar que vivimos rodeados de egoísmo, de cadáveres de almas, lo penoso es pensar que uno mismo es egoísta y desalmado.

No creo que sea oportuno discurrir sobre la necesidad de un sustento espiritual, que es apoyo fundamental de toda moral y de toda vida anímica, porque no sólo no creo que haya una única respuesta sino que creo que no hay ninguna respuesta, sino una perpetua búsqueda. Lo cual no quiere decir que no tengamos nada. La búsqueda comprometida, la existencia en la brecha de la duda, puede ser tanto o más enriquecedora que una respuesta. Sin embargo, sin dejar de observar la importancia de este aspecto, llegaré adonde quiero llegar por una vía mucho más rápida (digamos en una proporción de infinito a uno) y además legítima.

También quisiera aclarar que, si bien me voy a poner sermoneador en grado sumo, no creo que pueda cambiarse el mundo (aunque la esperanza persiste), ni tampoco creo que yo tenga más razón que nadie en cómo se deben hacer las cosas. Pero me acogo a mi derecho de expresarme libremente, y considero que la imposibilidad de realizar un ideal de justicia no es motivo suficiente para dejar de luchar por ese ideal. No me parece una distinción ociosa en absoluto. Pero basta ya de preámbulos.

Recurriendo a la religión de nuestro tiempo, la ciencia, y a sus prestigiosos sacerdotes de la Orden de los Darwinianos, vamos a aceptar la esencia egoísta del ser humano. Desde luego no niego que existe un fondo egoísta y que exceptuando casos de parentesco y de moral firme -ya que hemos renunciado a la moral y los biólogos entienden el parentesco como una variante de la defensa de los propios genes-, el rollo del gen egoísta se puede tragar. En un caso de conflicto a vida o muerte, pongamos una disputa por el liderazgo de la tribu, es comprensible que dos rivales estén dispuestos a recurrir al salvajismo máximo y a la violencia y respondan únicamente por su único interés. Así ha sucedido durante un periodo de unos diez mil años en Europa y Occidente en general. Durante este tiempo, la industria militar ha aumentado su eficacia, desde el hierro hasta la tecnología nuclear y bacteriológica. Hasta tal punto que, en conciencia de que un simple ataque podía suponer una devastación total, se desarrolló lo que se conoce como Guerra Fría, es decir, una guerra sin bajas civiles ni militares como consecuencia directa del conflicto.

Ciertamente, la Guerra Fría es criticada moralmente como una exageración extrema del belicismo humano, del ansia egoísta. Pero hemos aceptado que somos esencialmente egoístas y amorales, así que, no nos vamos a quejar. En lugar de ello, los que tengamos algo de moral podemos estar contentos de que no haya habido bajas. Es un paso adelante, con todo lo condenable que pueda ser, si consideramos que la alternativa es la violencia directa.

Así pues nos encontramos ante la siguiente coyuntura: la amenaza de una guerra por el liderazgo permanece bajo estricta vigilancia, no por la supresión de la tecnología necesaria, sino por todo lo contrario. Por otro lado, en el mundo existen recursos suficientes para cubrir las necesidades de toda la población y capacidad para gestionarlos. Hablando en términos religiosos, la supervivencia de nuestros genes está asegurada desde la perspectiva del conflicto de liderazgo y los recursos.

Se afirma que los humanos somos criaturas racionales. Bueno, esto se contradice con la idea del instinto de conservación antepuesto a la viabilidad racional de la cooperación, es decir, con la idea del egoísmo, puesto que la cooperación es una manera más racional de optimización de la energía. Los humanos somos criaturas racionales, pero nuestros instintos de conservación son superiores a nuestra razón en nuestra conducta, en términos generales. Esta podría ser una explicación que conciliara ambas perspectivas.

Si retomamos la idea de nuestra religión, que es racional y científica, del gen egoísta, nuestra conducta egoísta sería racional en sí misma y por tanto tiene sentido que un economista robe y que un político se corrompa a pesar de que los factores básicos de conservación estén cubiertos. Pues no, no tiene sentido. Lo que es racional es comprender que una vez cubiertos estos factores la cooperación es un método más efectivo de supervivencia genética. Los genes propios están asegurados, de modo que es momento de asegurar la supervivencia, no ya de lo nuestros, sino ahora también de los más similares, y luego de los más similares a éstos, y así sucesivamente.

¿Por qué se siguen sosteniendo, entonces, la racionalidad humana y el egoísmo humano, conjuntamente, con relativa estabilidad conceptual?

Asumimos que somos egoístas, como dije en un principio. Si asumimos que somos egoístas e irracionales, la racionalidad exige un control sobre el egoísmo a fin de explorar la cooperación una vez garantizada nuestra supervivencia. Si asumimos que somos enteramente egoístas y enteramente racionales, la cooperación es sólo una apariencia, un disfraz estratégico del egoísmo, lo cual es una forma de legitimación de los abusos que se han efectuado sobre el orden capitalista desde la caída del Muro de Berlín. Somos egoístas pero científicos en nuestro egoísmo y por tanto tiene sentido que un economista robe y un político se corrompa. Ésa es la premisa satánica, la media verdad, que nos ha encasquetado la clase dominante. Las causas son bastante claras: la estructura de poder ha sido casi siempre la misma desde los albores de la civilización, unos pocos líderes y unos muchos oprimidos. Con el avance industrial y económico subsiguiente a las Revoluciones Burguesas y la posibilidad de cultivo del raciocinio de su compañera, la Ilustración, surgieron la recuperación de la democracia ateniense y el neoliberalismo económico como formas de acercar la política y la economía, es decir, la gestión de los recursos y el mismo contrato social, a cada uno de los ciudadanos para que obtuvieran su máxima libertad en el seno de su sociedad. Llegados a este punto las clases dominantes se encuentran ante la situación de ceder su poder y diluirlo entre la ciudadanía. Pero eso no ha terminado de cuajar nunca, y ahora nos venden la moto del egoísmo racional.

El discurso político satisface hoy en muchos casos las pretensiones racionales de libertad con una perspectiva histórica coherente, pero la mayoría sabemos que es ineficaz, porque los políticos están maniatados por el poder económico. Al mismo tiempo, el poder económico alimenta la noción del egoísmo y la racionalidad humana: quienes creen el discurso político confían vanamente en nuestra razón, mientras que quienes no creemos debemos entender que tras la corrupción existe la verdadera conducta racional, lo cual es suficiente para satisfacer a una razón perezosa, si se la anestesia lo suficiente desde los medios masivos. Quien no cree en la racionalidad coherente de la ciencia política, por su ineficacia, pero es consciente de que el egoísmo exacerbado que domina nuestra vida pública no es compatible con el raciocinio, termina por creer que el egoísmo surge de la irracionalidad humana, entendiendo que la irracionalidad implica una ausencia total de razón en la toma de decisiones. Porque si la razón tuviera un cierto peso, los políticos inteligentes tendrían más poder. En fin, la política ha dado nombres como Franklin, Washington, Kennedy, Churchill. Si la razón tuviera cierto peso, significaría que hay algo que se está haciendo mal.

Cuando creemos en esa irracionalidad ciega, en ese egoísmo pantagruélico, nos morimos. Y de pronto sentimos un alivio inefable, una liviandad y un sosiego como los que Hamlet reclamaba a la muerte en su célebre monólogo, porque nos arrastra la corriente: nuestro pensamiento encaja con el de nuestros semejantes, qué bien, se acabó el conflicto. Qué bien, encajamos en la manada. Nuestros líderes son legítimos, qué bien, una preocupación menos. No tenemos responsabilidad como demócratas ni consumidores con el hambre, con la guerra, con el abuso del ecosistema. Qué descarga de peso en la conciencia, qué relax, ni un spa de cinco estrellas, tú.

Se acabó la lucha, porque hemos muerto, ya no somos humanos, somos máquinas genéticas, sin alma, sin moral, y la corriente de cadáveres nos desliza vida abajo, meciéndonos como la niñera de una película de terror.

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