Ejercicios de estilo 2.1: El joven y el tío

20 noviembre 20UTC 2008 en 0:00 | Publicado en Delirios, Pretensiones literarias | Deja un comentario
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Vuelvo a las andadas con los ejercicios de estilo. Esta vez no se trata de monólogos interiores sino de un señor llamado Vladimir Propp y su estudio sobre los cuentos populares. Ahí va mi primera aproximación a las llamadas “funciones de Propp”.

El Manco todavía no era conocido como El Manco. Tomaba con ambas manos la mano de su madre; su mirada confusa y verde se perdía en la nube de polvo que se alejaba de la calle principal del pueblo, adentrándose en el desierto. No podía comprender a qué se debía aquella marcha, tan sólo que se marchaba. Tampoco ahora podía comprender por qué se marchó, a pesar de saberlo perfectamente.

Ya cuando lo vio marchar, Jason sabía quiénes eran los Caballeros de Cydonia. Todos los niños lo sabían. No fue hasta un tiempo después, que un soldado pistolero le explicó la profecía. Ahora la sabía de memoria: quinientos versos que explicaban el por qué de los caballeros, sus preceptos, su futuro, y el arbitrio del Gran Caballero. El próximo Gran Caballero, según decía, nacería en una aldea humilde, emplearía un arma inesperada, y estaba marcado con el signo de la luna en su espalda. No pasaba día que no llegara algún viajero al pueblo con un cuerno lunar tatuado en la espalda y un arma extravagante.

La tía de Jason era una joven rubia cuya hermosura la rodeaba de un aura de silencio. Un día, llegó el caballero. Jason sólo recuerda unas espuelas doradas, un rostro de seriedad imponente, un mostacho y un sombrero oscuro de una calidad como nunca había visto ni volvió a ver. Desaparecieron su tía y el caballero. El tío de Jason era alto, enjuto, pendenciero y fanfarrón. Tenía un gran lunar liso en la piel de la espalda y aprendió en su juventud a luchar a puño descubierto y sin armas con una eficacia espectacular. Dijo que el destino había venido a por él: la afrenta del caballero era una invitación a desafiarlo, derrotarlo y reemplazarlo. Su origen, aquella humilde aldea; su arma, la más inesperada de todas: sus propias manos, y el lunar de su espalda, el signo de la luna. Montó en su coche de motor a reacción y abandonó el pueblo dejando tras de sí una nube de polvo, una aldea saturada de sus excentricidades y un sobrino desconcertado.

Jason devoraba el desayuno en el patio de su casa cuando llegó aquel hombre corpulento y moreno, a caballo. “Tengo noticias de tu tío”, dijo. Jason ni siquiera recordaba ya haberlo tenido una vez, y recibir noticias suyas le resultó más molesto que esperanzador: había conseguido sobreponerse a su ausencia mediante el olvido. Sus padres estaban fuera. “No te preocupes, hijo. Me manda esto para ti”. Y le entregó una espada envainada, que su tío había conseguido en sus viajes. “Tu tío es un gran hombre”. Guardó unos instantes de silencio, callando todas las palabras que un niño no debería oír. “Te aprecia mucho, tu tío.” Le sonrió con una mirada que Jason no supo entender, como no supo entender lo que pensaba en su silencio, ni por qué se había marchado su tío, ni por qué había enviado a aquel desconocido de aire un tanto siniestro para entregarle la espada. El desconocido pasó la noche en la villa, donde les habló a los padres de Jason del paradero de su tío. Y Jason jugaba con su espada en sus ratos libres.

Ahora Jason piensa que lo comprende, que sólo está confuso porque nunca había visto un ataúd entrando en la ciudad ni nunca la música de las comitivas fúnebres sonó para ningún ser querido suyo, aunque había conocido tan pequeño a su tío que apenas podía compararlo con el resto de sus seres queridos a los que seguía tratando. Cuando el féretro de su tío descendía por obra del artilugio de poleas entre las montañas de arena carmesí, su madre lloró como una niña y tomó las manos de Jason. La desaparición no es algo nuevo para él, pero si la ausencia definitiva, la muerte, y Jason se debate entre la rabia de la impotencia, la sorpresa y el dolor. Piensa saber por qué había muerto, y en efecto lo sabe, pero no sabe que todavía no lo ha comprendido.

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