Estructuralismo aplicado II: ¿el segundo sexo?

7 noviembre 07UTC 2008 en 18:48 | Publicado en Crítica | Deja un comentario
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Simone de Beauvoir escribió un libro titulado “El segundo sexo”. Si repasamos el anterior artículo en el que comenté los conceptos de rasgo diferencial, relevancia y marca, entenderemos que la idea que Simone de Beauvoir quería expresar está mal descrita. Al menos así lo veo yo.

Simone de Beauvoir se basa en el sexo masculino como categoría no marcada en el concepto de persona para titular su obra. El sexo femenino queda jerárquicamente relegado en la conceptualización de la persona, o, dicho de otro modo, los hombres son más propios como personas que las mujeres. El sexo femenino es “el otro”, o “el segundo”. Pero esto descuida el concepto de relevancia. Atendamos a tres rasgos diferenciales básicos a los que prestamos gran atención hoy día (y que en general se consideran altamente relevantes): sexo, orientación sexual y raza. Aunque por fortuna se está debilitando esta idea, si imaginamos a “alguien”, lo imaginamos varón, heterosexual y blanco. De ahí el famoso eslógan “Dios es negra”. Sin embargo, el mismo eslógan contiene una nueva marca, que es la que se hace sobre todas las razas que no son la negra como razas “no blancas”, es decir razas tradicionalmente marcadas. Instantáneamente, así como se distingue una categoría que contiene las razas tradicionalmente marcadas, la negra se erige como la raza “no marcada”. Volviendo a la cuestión del sexo, asumamos que una persona (varón, blanco, heterosexual) conoce a otra persona (varón, blanco, heterosexual). Si tenemos que hacer una matriz con sus rasgos diferenciales, ¿qué categorías excluiríamos? Sexo, orientación sexual y raza. Es decir: el sexo no es relevante. Dado que el masculino es la categoría no marcada, el sexo sólo es relevante cuando hace acto de aparición el sexo femenino. Entonces, y sólo entonces, el sexo femenino deviene “el segundo sexo”. Sin embargo, desde el limbo de las categorías no marcadas, en el estándar, en la base conceptual de nuestra cultura, el sexo masculino no es siempre un sexo, porque la cuestión sexual no es siempre relevante. Una persona estándar, un hombre heterosexual, no tendrá consideraciones de tipo sexual con otro hombre hasta que el elemento femenino no irrumpa de algún modo u otro. Es decir, si dos hombres hablan de su vida conyugal, evidentemente, entonces irrumpe el sexo, pero sólo porque en este momento es relevante.

Lo que la sociedad patriarcal exige como título a Simone de Beavoir para hablar de su relación con la mujer no es “El segundo sexo” sino “El sexo”.

En el caso de la raza creo que es más evidente, cuando a una persona de raza negra se la llama “de color”, como si esto fuera menos agresivo que decir “negro”. En realidad decir “negro” es tan agresivo como decir “blanco”, en tanto que decir “de color”, evidencia que existe una marca sobre la raza negra, que se convierte en “la raza”, “el color”, desde la perspectiva “arracial”, o “normal”, del individuo de raza blanca, cuya identidad de raza sólo aparece en contraste al resto.

Intentaré bosquejar dos aplicaciones de esta idea. Por un lado, para describir un fenómeno que se da en la sociedad patriarcal sin necesidad de aplicar ninguno de los elementos incluidos prototípicamente en las categorías de género (es decir, consintiendo una identidad de género absolutamente flexible). Por otro, para entender por qué casi todas las mujeres siguen siendo hoy día machistas y propatriarcales.

Es un hecho comprobado que en esta sociedad una mujer tiene más facilidad para establecer un encuentro sexual con un hombre que en el caso contrario. Habitualmente esto se explica aduciendo que el comportamiento “genético” de la mujer la lleva a ser más selectiva y reservada sexualmente que el hombre, que por su parte tiene un “patrón biológico” expansivo. Es frecuente advertir que cuando una mujer tiene numerosos encuentros sexuales con distintos hombres, se la llama “puta”, y cuando un hombre los tiene con distintas mujeres, es un “triunfador” y un “crack”. Vamos a dejar de lado esta explicación biológica o genética y asumir la idea de la mujer como “el sexo”. Es decir, apartaremos el problema de la perspectiva darwinista y genética y lo trataremos exclusivamente desde un enfoque cultural (donde el que corta el bacalo es Lamarck). Entendiendo que la mujer es el sexo y el hombre no lo es, o no lo es tanto, comprendemos que la mujer, socialmente, recibe una exigencia permanente a responder desde su identidad sexual, en tanto que el hombre, no la recibe siempre y tiene más facilidad para eludirla si así lo desea. Esto desemboca en una mayor competencia sexual en la mujer que en el hombre debido al régimen patriarcal. Ironías de la vida. La facilidad con que un individuo mantiene sexo con otro depende de su competencia para atraer sexualmente, y si entendemos que la mujer se ve presionada hacia un mayor uso de sus competencias sexuales, y en consecuencia, a una mayor experiencia y habilidad, comprendemos que la mujer tendrá usualmente más facilidad para tener encuentros sexuales. Nótese que para llegar a esta conclusión me he basado en un hecho demostrado -permitidme que no presente fuentes, pero son fáciles de encontrar y me ahorraré ese trabajo-, y por otro lado, me he limitado a analizar conceptos reflexionando sobre nuestra cultura como un sistema estructural. Esto es importante porque en mi procedimiento no he necesitado aplicar ningún rasgo diferencial en el concepto de género, salvo la exigencia del concepto de marca que impone la misma estructura. Muchas mujeres no tienen más facilidad para tener contactos sexuales que muchos hombres. ¿Qué hacemos con estas minorías? Es muy probable que en nuestra sociedad, democrática y de libre mercado, donde resulta tan fácil llenarse la boca con que todos contribuimos a construirla con iguales oportunidades, una mujer que no tenga facilidad para obtener encuentros sexuales se sienta menos mujer, porque se asume que por ser mujer ha de tener esa facilidad, independientemente de los motivos que intervengan en esa situación. Probablemente en su vida cotidiana las personas cercanas a ella comprendan y respeten, pero, ¿qué pasa con su identidad social? ¿cómo se acepta ella como persona? Se ve obligada a deconstruir la categoría no marcada de mujer que obtiene sexo fácilmente y equipararla a la de una mujer que no lo hace, creando una categoría neutra que sería mujer. Y de ahí vamos al problema de género, donde la categoría no marcada es la de hombre, donde esa persona tuvo que deconstruir la categoría y resolverla en otra nueva no marcada que es la de persona. Y entonces una persona es tan legítimamente mujer como hombre, y tan legítimamente mujer y persona independientemente de la facilidad con que pueda tener sexo.

Viendo este primer caso creo que puede intuirse cómo se explica que la mayoría de mujeres se atengan al sistema patriarcal. En primer lugar, y esto es al margen de todas las teorías que estoy exponiendo, por la cobardía innata con que las personas aceptamos los pactos tácitos de nuestra comunidad, ya sea esta cobardía cultural o genética. Sin embargo, a poco que nos paremos a pensar en lo que supone para alguien ser “el sexo”, nos damos cuenta del enorme poder que supone. Fijémonos en que ya, al nacer un bebé, cuando se gesta un nuevo individuo humano, se pregunta en primer lugar: “¿será niño o niña?”. El sexo deviene el primer rasgo relevante. Ahora bien, como hemos dicho, que sea el primero no implica que sea siempre relevante. Si el sexo es el primer rasgo de una persona, una persona que sea socialmente atendida siempre desde la diferencia sexual puede obtener de ello tantas ventajas como desventajas, dependiendo de los factores implicados. Si añadimos el hecho comentado anteriormente de que la mayoría de las mujeres obtienen un contanto sexual con más facilidad que los hombres, entendemos que la mayoría de las mujeres dispone habitualmente de una ventaja por el hecho de ser mujer en una sociedad patriarcal, o por así decirlo, por ser el sexo. Y se aferran a ella. La inercia tiene un poder terrible.

Pero antes de irnos por los cerros de Úbeda como merecerían estas dos frases con que concluyo el anterior párrafo, dejo el texto a vuestra reflexión y sobretodo espero que se observe el rigor con el que he procedido a llevar adelante todos los razonamientos. Que yo exponga un determinado hecho (que mayoritariamente mujeres tienen más fácilidad para practicar sexo que los hombres) y lo trate desde la perspectiva de una sociedad patriarcal donde se asume que lo “normal” es ser hombre heterosexual no significa que mi perspectiva simpatice con ésta. No pretendo reforzar ningún tipo de “normalidad” sino describir unos fenómenos concretos. Mi idea es, al contrario, eliminar el concepto de “normalidad”, que sería la única forma justa de pensar, asumiendo las cosas como son y no como esperamos que sean. Por ejemplo podría esperarse que este artículo, en su vocación deconstructiva, repasara también la orientación sexual y la raza. Pero resulta que estas otras dos categorías se asumen como “normales” (no marcadas) dentro del “activismo cultural”, por así llamarlo. Y tampoco estoy en favor de eso. Lo que nos queda entonces, lo sé, es un abismo, es la Nada, es el vértigo de la incertidumbre y de la inconsciencia… Pero eso ya es otra historia.

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