Alfa y Omega

7 octubre 07UTC 2008 en 23:52 | Publicado en Delirios | Deja un comentario

Hay unas llaves sobre la repisa. Unas llaves, un teléfono móvil, con un osito simpático colgando de una cadena, y un pasaje de tren. A su ciudad. Donde él vive.

Tiene el cabello bien arreglado. No demasiado, porque pasarán algunas horas hasta que lo vea, y no serviría de nada. Sabe cómo tiene que vestirse para la ocasión. Para matar, no: para que la maten.

Sus pendientes y sus tacones repican con la discreta solemnidad de un campanario perdido en la lejanía mientras se acerca a la puerta por el pasillo. Sólo tiene que coger sus cosas y marcharse a la estación de tren. No se sorprende de dudar tanto en ese momento. No ha parado de dudar. Ha dicho sí, sí, adelante, será maravilloso, quiero sentir, quiero gozar, quiero amar, revivir el torbellino de nuestros cuerpos, quiero consumir en la hoguera del amor eterno, de la pasión electrizante, toda la soledad que me corroe y me destruye y me persigue como la sombra de Peter Pan. Quiero recorrerte otra vez y sentirme viva, te deseo, nunca he dejado de hacerlo. Sigue dudando, pero siente el impulso salvaje de salir corriendo, olvidarlo todo y arrojarse en sus brazos en un arrebato, en una desconexión de todo lo que se le pasa por la cabeza.

Vuelve al salón. Se sienta a fumarse un cigarrillo. A mirar por la ventana. Recuerda una foto de su calle que quiso hacer pero no pudo porque habría necesitado que le echaran una mano. Le gustaría tomarse una cerveza. Varias. O algo más fuerte. Y llorar. El amor cubre las huellas, pero no las borra. Cuando el amor se torna ausencia las huellas no se han movido de su lugar. Por qué el amor tiene que tornarse ausencia.

Piensa que se le hace tarde y si no sale ya tendrá que correr o perderá el tren. Pero sigue dudando.

Toma las llaves de la repisa. Toma el teléfono. Mira la maleta. Y las llaves.

No ha abierto una de las puertas. Por miedo a encontrar tras ella un agujero, como una puerta de ascensor cuya cabina está en otra parte. Contempla la llave. Podría correr hacia esa puerta. Olvidar la compulsión. Olvidar la soledad. O precipitarse en el abismo.

Tras esa puerta, el mismo mundo, revertido en un espejo: unos pasajes sobre la repisa, unas llaves, un móvil desgastado por los golpes y los descuidos.

Unos pasos firmes y secos se acercan por el pasillo.

Observa los pasajes. Su perfecta impresión, su elegante diseño. La civilización le hace un hueco. La estabilidad. Los caminos pavimentados.

Si la hubiera perseguido. Si saliera de aquí y abriera su puerta. Al fin y al cabo intercambiamos las llaves.

Alfa u Omega, a un simple giro de llave.

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