Colores

30 septiembre 30UTC 2008 en 19:39 | Publicado en Delirios, Pretensiones literarias | Deja un comentario

Me sentía bien, contemplando el resplandor coral anaranjado que iluminaba la autopista, con la nuca descansando sobre el respaldo de un banco, a altas horas de la madrugada, pensando. Es difícil que pueda sentirme bien pensando. Yo no tenía ningún problema con volver a casa, pero Daniel no estaba bien para volver, y yo lo sabía, y se lo había dicho. Tampoco me ha molestado que se haya puesto a vomitar. Estas cosas son así, a todos nos toca alguna que otra vez. Pero que diga “no me digas eso, está muy feo” porque yo lo he dicho “ya te lo advertí”… Si no fuera un pobre borracho, y un buen amigo, le partiría la columna de una patada. Y por si fuera poco, amanece.
No hay amanecer que no piense en ella. Siento la hendedura de un cuervo clavando su pico en mis mismas entrañas. Cuando el sol baña la mañana de oro cada destello, en las hojas verdes de los árboles, en la mar verde, en unos ojos verdes, es un pedacito de ella. Su recuerdo se hace vivo: sus cabellos color miel, centelleantes, la cerveza rubia en la mesa; te gustan las rubias casi tanto como a mí, le decía. Rubia como la cerveza, dulce como la miel, dorada como el sol.
El hedor del vómito de Daniel es más fuerte que las primeras luces. Del alba. Alba era muy avispada, más que casi nadie que haya conocido. Pero tenía esas cosas de niña. “Pareces mi mamá”, decía, con un mohín de orgullo. Tengo esa manía de reprender a la gente. Pero no es por tonterías. Intento tomármelo en serio. Y ahora más que nunca.
Sentado junto a Daniel, que cabecea derrotado, en cualquier portal y a pocos metros del charco con su cena espachurrada, se repite la escena de aquella tarde, y no para de repetirse, como tantas otras veces. Enfundada en su traje verde de playa, se llevó su dorada melena por el paso de peatones, calzándose arrogante su zapato al paso. Cómo iba a molestarla por cómo tenía que ponerse un zapato. No era por eso, Alba.
Su rostro desfigurado en el suelo, y un charco rojo medrando a su alrededor. Tan rojo, que puedo tocarlo ahora.
“Cualquier día de estos, te vas a matar, si no te fijas antes de cruzar la calle”. Se lo dije tantas veces. Era un paso de peatones, y ella se estaba poniendo bien el zapato. Pero el semáforo estaba en rojo.

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