Ejercicio de estilo 3.1, parte 1

10 agosto 10UTC 2008 en 21:56 | Publicado en Delirios, Pretensiones literarias | Deja un comentario
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El vino ondea en su copa de vidrio destellos de las luces de la ciudad. Me gusta, por las noches, salir a la terraza con una copa de vino y en ropa interior, y sentir la fragancia del vino y la brisa suave sobre mi cuerpo. No gusta que yo me guste, que me sienta orgulloso de este cuerpo joven que las mujeres desean y que yo cuido con esmero, porque parezco vanidoso y superficial. Hipocresía. Porque aunque calladamente mi aspecto sólo sea un simple envoltorio, una carcasa de lo que soy, lo que realmente soy se lo debo principalmente a mi cuerpo y a mi cara y a lo que la gente ve en él. A la imagen de éxito que desprendo. Yo soy mi cuerpo. Y lo trabajo diariamente en el gimnasio y en las salas del centro de estética, donde me broncean, me depilan y me depuran las imperfecciones de la piel.

Perdedores. El éxito no lleva a nada, dicen. El dinero no es lo importante. Lo importante es el amor y la bondad. Pero si vivieran un día, un solo día, en mi piel, sabrían la aceptación y la admiración que despierto, la seguridad que ofrece saber a cada momento que las mujeres me codician, y que los hombres desean ser como yo, y la cantidad de cosas que se pueden conseguir con ello y sabiendo usar la cabeza. Se olvidarían de esos cuentos sentimentales y comprobarían cómo son las cosas en realidad. Pero el mundo no se alimenta de cosas reales, se alimenta de mentiras. Hay que saber callar lo que no queda bien, pero hay que decirlo con los ojos, transmitirlo con la seguridad reflejada en la expresión y con gestos confiados y seductores que afloran con naturalidad. Con paciencia, y esperando que el tiempo ponga las cosas en su sitio, el mundo me ofrece todo lo que deseo de él. Pero no queda bien ser vanidoso, ni decir que te gustas, ni decir que puedes conseguir lo que quieras cuando lo quieras, porque pareces un engreído, y tampoco eres para tanto. Perdedores. Ahí fuera los hay a montones. Excusándose, construyendo imágenes falsas e ideas sobre un mundo en el que triunfan los valores humanos y lo que importa es hacer las cosas bien y amar a los que tienes a tu alrededor. Pero están esperando a que caigas, a que te distraigas, para ponerte la zancadilla, y reírse de tu caída. Los valores humanos son la competición y la supervivencia. Están esperando ocupar tu puesto. Pero no lo conseguirán, no se lo voy a ceder. Se está demasiado bien aquí. Que me desafíen, si tienen huevos. Y seguramente perderán.

Me recuesto en mi silla de exterior, acolchada y de madera, que me trajo mi decoradora. Cómo se le desviaba la mirada, sin poder evitarlo. Y cómo intentaba protegerse de sí misma. Es una buena silla, he estado acertado al elegir a esta Lucy como decoradora. Tiene buen gusto. Tiene magnetismo para la elegancia. El cielo está cubierto por una nube indefinida, porque no hay nubes realmente, que oculta gran parte de las estrellas. Apenas se ven unos pocos luceros ahí arriba. La contaminación de la ciudad. Con sus coches, sus vapores industriales, sus aviones y sus barcos. Es una pena, pero quién puede renunciar a esto. Ni siquiera en Miami veo demasiado bien las estrellas por las noches. En el campo, en Xxxx, se ven tantas estrellas y tan luminosas que parece que el cielo se te vaya a echar encima. Pero es un rollo soportar a todos esos paletos. Se te echan encima y te miran con esos ojos agrandados que te dan ganas de soltarles una buena colleja y espabilarlos. Tranquilo, hombre, soy de carne hueso, estoy aquí. Y las niñitas. Se ponen histéricas y no se atreven a mirarte los ojos, y bajan la mirada, y todo su cuerpo vibra de sexualidad. Están tan buenecitas algunas que las pondría a contra la pared, pero qué aburrimiento, pasar el rato con una muchacha alterada de pueblo, que no sabe dónde tiene la cabeza y no sabe qué coño hacer con ella misma ni donde poner la mano ni cómo mover su vestido y que está deseando marcharse de allí corriendo sólo para contárselo a sus amigas. Hasta las cochinas; por ellas sería hacerte una buena mamada y tragárselo todo para volver con sus amigas sin enjuagarse la boca y caminar con la espalda bien erguida sacando pecho y mirando a todas las pueblerinas por encima del hombro, porque ella se relaciona con famosos de la televisión. Prefiero hacerme una paja.

Quizá Eva me haya llamado esta noche. No suelo mirar el móvil cuando llego a casa después del trabajo, a veces hasta el día siguiente. Podría venirse esta noche y así echamos un buen polvo. Pensar en las cochinillas de pueblo me está poniendo tonto. Y la azafata del programa de la noche. Menudo elemento. Bien siliconada. Apuesto a que sabe hacer todas las marranadas que hacen falta para andar rodeada de tíos de verdad y mirarles a la cara. Dos llamadas perdidas. Y un mensaje de texto: “hola cowboy, la yegua tiene dolor en las patas traseras, a la altura de la ingle… besitos”. Bah. Otra que piensa que empezamos a tener algo de verdad. No sé si llamar a… da igual. Me haré una paja y me iré a dormir.

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