Comentarios a reglas para la supervivencia de la novela

9 agosto 09UTC 2008 en 13:05 | Publicado en Crítica | 4 comentarios
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He aquí un artículo publicado en Babelia por Vicente Verdú. Por un lado Verdú hace un esfuerzo loable por explicar por qué la literatura castellana, especialmente la hispanoamericana, ha seguido unos determinados senderos. Pero, al mismo tiempo, el señor Verdú se equivoca.

Y se equivoca en:

  • Faltar al respeto. “burdos”, “lelos”, “mustios”, “novelistas a la violeta”, “el estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine”. No son palabras respetuosas. Sin diálogo, las ciencias humanas se convierten en una herramienta de manipulación. Y los insultos no invitan al diálogo, sino al rechazo o la cólera. Así que, o Verdú es un manipulador camuflado de humanista, o es un mal humanista.

  • Ser preceptivo y pretender ser adalid de las tendencias contemporáneas. La intención preceptiva del texto se delata en su propia forma, lo cual, considerando sus cánones estéticos, es una declaración de principios: su preceptiva tiene forma de decálogo, como la preceptiva que el mismísimo Dios entregó al miserable hombre para aprender a vivir.

La preceptiva fue la concepción dominante del arte en la cultura occidental desde la Grecia clásica hasta el siglo XVIII. Verdú dice: “leen como algo contemporáneo a los sucedáneos del siglo XIX, sin cuestionarse su momificación, bien porque amen la palidez del vintage, abracen el olor a polvo, o bien porque no posean sentido del gusto en general.” Si estamos leyendo a un pensador preceptivo como un contemporáneo, diremos que estamos leyendo a un sucedáneo de la Grecia clásica como un contemporáneo, y entonces abrazamos el olor al polvo, etc. ¿Pretende Verdú que no le leamos? No me parece la intención de alguien tan “endiosado” que considera sus preceptos como “virtuosos”. Más bien me parece que el señor Verdú, se equivoca.

  • Contradecirse y desarrollar una visión sesgada y pobre de la literatura y del arte en general.

8. “¿Ficción? Si la obra literaria, las fórmulas matemáticas, las piezas musicales son siempre y en todo caso autobiográficas, entonces ¿para qué fingir? Si, como se reconoce, la realidad supera siempre a la ficción, entonces ¿para qué fantasear? El autor habla mucho mejor de lo que conoce personalmente y peor de lo que maquina deliberadamente. La ficción, en fin, pertenece a los tiempos anteriores al capitalismo de ficción.”

Decir que una pieza musical es siempre y en todo caso autobiográfica necesita un debate que podría ocuparnos varias horas y no conducirnos a ninguna conclusión. Este argumento es un abuso. Se reconoce que la realidad supera la ficción, lo cual es una frase hecha, un decir, y, por otro lado, casi nunca se dice que la realidad supera a la ficción “siempre”.

Para entender mejor el concepto de capitalismo de ficción, que el autor desarrolla en otros de sus escritos, podemos recuperar otro fragmento del texto:

“El destino de aquellas novelas [las del s. XIX] fue atender precisamente a una demanda general sin capacidad para vivir otras vidas adicionales que no fueran las servidas por la fantasía de los libros”.

La capacidad de vivir esas otras vidas es lo que caracteriza estos tiempos de “capitalismo de ficción”. Leamos ahora otro fragmento:

“Para contar una historia hay ahora abundantes medios, desde el telefilme al vídeo, más eficaces, más plásticos y vistosos.”

¿Historia autobiográfica, se entiende? ¿O no?

¿Sigue siendo posible contar una historia de ficción? ¿Por qué es legítima para esos otros abundantes medios (entre los cuales cita el cine, la televisión, la realidad virtual, el videojuego y el cómic) y no para la literatura? ¿Qué pasa con el teatro? ¿Un guión teatral no es literatura? ¿Por qué lo era en tiempos de Shakespeare y Calderón?

“…así como en la pintura es inconcebible producir sin tener presente la fotografía, la televisión, los videojuegos, el avión, los grafitis o cualquier pantalla, en la narración seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine…” Entonces, para Verdú sólo la literatura es narración. El cine no es narración. El teatro, en tanto que “narra” igual que el cine, no es narración. Shakespeare no es literatura. Pero recordemos que según Verdú “para contar una historia” (lo cual también es conocido como narración) hay abundantes medios. O Verdú comete un desliz, o no sabe de lo que habla.

Si Verdú comete un desliz, entonces sólo podemos responder a las interrogantes que plantea su octavo mandamiento suponiendo que para él sólo la narración autobiográfica se adecua a nuestros tiempos, o bien que la narración de ficción funciona para los medios que cita, pero no para la literatura.

Si nuestros tiempos no consienten la ficción en el arte, entonces nuestros tiempos no consienten el arte, porque arte y ficción son equivalentes. César fue César; un busto de César, es ficción sobre César. Se podría objetar que César fue un modelo real y no imaginario. En tal caso, ¿hemos de entender que lo ficticio es lo imaginativo? Es decir, que nuestros tiempos no consienten la imaginación en el arte. Tratad de imaginar una cultura sin imaginación. Pero que nadie se entere: eso es un juego obsoleto que pertenece al siglo XIX.

Claro que, si una pieza musical es autobiográfica, entonces un cuento de ficción es autobiográfico. ¡Viva la ficción autobiográfica! Que éste sea mi primer mandamiento.

Pongamos que Verdú admite la ficción para los medios que no son literatura. En otro punto, Verdú afirma: “La peripecia interior es el juego especial de la escritura y su máxima legitimación.” ¿Hemos de privar la exploración de la peripecia interior en historias de ficción? ¿Privaremos a los personajes ficticios del siglo XXI de peripecias interiores?

Por todas estas cosas, Verdú, se equivoca. Hay buenos textos y malos textos, cosas de la vida. Éste es muy malo, por más que proponga cosas interesantes. Pero no nos pondremos ahora a insultar a nadie por ello.

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4 comentarios »

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  1. Una buena novela, me produce una gran satisfacción, hay en ella cierta autonomía, que justamente la pone no se si por encima de lo autobiográfico, pero sí como algo distinto, existencialmente distinto. Un libro de viajes no es una novela, una autobiografía no es una novela, para que un texto se convierta en novela, hay un momento alquímico, creo que es el de la cristalización.
    Una buena novela no tiene porqué compararse con Rayuela o Ulises, son listones, no inalcanzables sino fuera de sentido, de comparacion, es como si todo aquel que se pusiera a escribir un poema, se comparara con Tierra baldía o Canto General, cada uno que haga su oficio lo mejor que pueda, con cierta naturalidad, para llegar a construir una buena novela, lo que es tan difícil como hacer una buena casa.

  2. ¡Que sea mi primer mandamiento también! Me he reído a gusto con este texto (felicidades por lo que estás colgando ultimamente, y por cumplir sobradamente con el mandamiento #10).

    El artículo no solo me pareció vacío y pretencioso, sino que en ciertos momentos huele a xenofóbia – es mas, huele a la xenofóbia pedante del immigrante que se volvió racista. Y encima, me ha robado lo de “ebanista” en mi anterior comentario, jeje! Aunque en cierta forma estoy de acuerdo con el punto 7, sobre “explorar en el interior de uno mismo o del otro hasta la extenuación”, pero claro, cómo no estarlo. Y también es un error darle la exclusiva a la novela. Como lo es negar que la gente tan o mas necesitada de ficción ahora como en el s.XIX.

    No pretendo elaborar mas mi opinión porque es tarde, lo zanjaré diciendo que solo se me ocurren un par de novelas que casen con el decálogo: diario de un skin y diario de una anoréxica. Y dudo que se trate de obras virtuosas. De diario de una enfermera hablaremos otro día, un abrazo

  3. Muchas gracias por tus felicitaciones, son una agradable sorpresa. Debo matizar, no obstante, que el artículo de Verdú, así como el resto de su obra, que te recomiendo honestamente -“El estilo del mundo”, y “Yo y tú: objetos de lujo”-, incide en cuestiones de capital importancia con gran lucidez y profundidad; a mí al menos me ha abierto los ojos a muchos fenómenos que olía pero no veía. No obstante al mismo tiempo destila una pedantería insulsa y una incompetencia que resultan ser muy malos compañeros y que me invitan a esta relación amor-odio que mantengo con Verdú. Por otro lado Verdú es español, y además castizo, no sé si de Cuenca o Murcia o por ahí. La xenofobia de la que hablas existe pero en su caso es imposible.
    Verdú escribió también alguna novela, que casará con el decálogo, aunque no tan bien como los ejemplos que tú propones.

  4. Por cierto totalmente cierto también que se equivoca al dar la exclusividad a la novela en el punto 7


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