Clase magistral

26 julio 26UTC 2008 en 23:09 | Publicado en Deporte, Pretensiones literarias | 2 comentarios
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Carlos Sastre

Izquierda: Alejandro Valverde. Derecha: Carlos Sastre

Carlos Sastre era bueno. Carlos Sastre era un ciclista humilde, pero especialmente dotado para el ciclismo de montaña. En poco tiempo se convirtió en un escalador respetable, pero le faltaba potencia para mantener el tipo en las contrarrelojes individuales. Como tantos otros escaladores.

Carlos Sastre era bueno, y corrió en equipos buenos. Trabajó como gregario durante muchos años, en muchas carreras, para la gloria de otros. Alguna vez, porque era bueno, y militaba en equipos buenos, tomaba el mando. Eran pequeñas ocasiones. Una gloria humilde para un ciclista trabajador, paciente, sensato y discreto. Carlos Sastre era bueno, sabía lo que tenía que hacer, y hacía caso de lo que le decían.

A Carlos Sastre no le iban las cosas mal. Cada año se sentía un poquito más fuerte, sabía un poco más, y todos, en su equipo y en el pelotón, lo respetaban un poco más. Se clasificaba entre los primeros en las grandes vueltas. Cada vez en vueltas más grandes, cada vez en puestos más altos, pero siempre con humildad. Ya sobrepasaba la treintena. A esa edad, un deportista corriente ya ha celebrado sus mejores éxitos.

Carlos Sastre era realmente bueno. Protagonizó exhibiciones de fuerza en la ascensión a las cumbres más duras del circuito profesional. Eso le hacía feliz, y hacía feliz a su equipo, que disfrutaba de disponer de un corredor tan bueno, haciendo el trabajo para su líder, ganando etapas, clasificando alto en la general. Un líder que, fuera quien fuera, hizo cosas buenas, pero nunca conquistó la más grande de las vueltas, el Tour de Francia.

A Carlos Sastre le iba bien en el Tour de Francia del 2.008. Se sentía fuerte, y el compañero de equipo para quien trabajaba logró vestir el maillot amarillo que identifica al primer clasificado de la ronda gala. Pero su compañero de equipo, igual que él, no era tan buen contrarrelojista como sus rivales, que se estaban defendiendo en la montaña.

Carlos Sastre contaba con un buen equipo. Él, en gran medida, era parte de esa calidad, pero como todo grupo, todos sus miembros debían realizar bien su trabajo para funcionar correctamente. Carlos Sastre eso lo sabía muy bien: era lo que había estado haciendo durante toda su carrera como ciclista. El buen equipo de Carlos Sastre castigó a los rivales marcando una velocidad alta en carrera. Subiendo los puertos de montaña a ritmo duro. Cuando le correspondía, él se encargaba de imponer ese ritmo. Trabajaba para su equipo como lo había hecho toda su vida: con sensatez, discretamente. Etapa tras etapa, ascensión tras ascensión, repecho tras repecho, Carlos y su equipo fueron cansando a sus rivales.

El 23 de julio de 2.008 la etapa del Tour de Francia finalizaba en la cumbre de Alpe d’Huez, una ascensión no muy larga pero muy, muy dura, dónde sólo quién es verdaderamente fuerte puede aguantar el tipo. Donde sólo los más grandes pueden coronar por delante del resto.

Al pie de Alpe d’Huez, el ritmo de etapa había sido exigente, pero seguían marchando todos los corredores fuertes en el mismo grupo. Carlos Sastre arrancó un pedaleo veloz súbitamente, y se marchó.

Correr solo es extremadamente duro, física y mentalmente. El ciclista que marcha solo en cabeza no tiene ninguna referencia, ni abrigo para minimizar la acción del viento. Sólo tiene la esperanza de que quienes pedalean en grupo no se propongan cazarle. Eso, o ser el mejor. Y saber que es el mejor, para recordarlo en cada curva, y en cada pedalada, durísima de mover, y entregar el máximo confiando que los que vienen detrás no te van a alcanzar por más que corran.

Carlos Sastre sabía lo que tenía que hacer. Había sido paciente durante toda la carrera, sin inquietarse en ningún momento, sin preocuparse por nada ni nadie, hasta que llegó su momento: y cuando llegó, supo reconocerlo. Subió en solitario las veintiuna curvas de herradura que conforman la legendaria ascensión de Alpe d’Huez, la catedral del ciclismo. La última ascensión. La más grande. El ritmo de la etapa seguía siendo duro, pero él era más rápido. Carlos Sastre subía con fuerza, con confianza. Había subido demasiadas montañas, había trabajado demasiado duro, discretamente, para otros, demasiadas veces, como para no saber cómo tenía que trabajar ahora. Esta vez para él. Para él solo. Él solo. Lo merecía, no por sus años de esfuerzo a la sombra de otros, ni por su inteligencia en carrera. Carlos Sastre merecía trabajar esta vez para sí mismo, porque él era el mejor. Y Carlos Sastre coronó en solitario la mítica cumbre de Alpe d’Huez, donde sólo los más grandes ganan. Los demás llegaron dos minutos más tarde.

El 23 de julio de 2.008, el mundo del ciclismo se rindió a Carlos Sastre, porque ese día fue el más grande.

Carlos Sastre era el líder de la vuelta ciclista más importante del mundo. Probablemente no se había planteado seriamente algo semejante al empezar la carrera. Como cada año, trabajaba para otros. Conocía bien la competición, y se conocía bien a sí mismo, así que seguramente sabía que podría hacer algo importante, si se presentaba la oportunidad. Pero él tenía que trabajar para su líder. Con sensatez. Sin armar demasiado revuelo.

Carlos Sastre no era un especialista en la contrarreloj, y corría el riesgo de perder la ventaja que ganó en Alpe d’Huez en la última crono individual de la vuelta. A Carlos Sastre no le preocupó eso, porque había sido el más grande el 23 de julio, y eso le hacía feliz, y hacía feliz a su equipo.

Esta tarde Carlos Sastre ha corrido la contrarreloj con tranquilidad. Podía perder la carrera, y era consciente de ello, pero todos los corredores habían sufrido mucho en las etapas de montaña, y eso afectaría más a algunos corredores que a otros, así que también sabía que tenía sus opciones. Carlos Sastre se ha proecupado tan poco de su propia gloria durante tantos años, que no ha tenido problemas en olvidarse de que hoy era su gloria la que estaba en juego. Se ha limitado a hacer su trabajo, y a correr lo mejor que ha podido, y lo mejor que ha sabido. Y eso, para un veterano en plena forma, es mucho. Demasiado. Apenas ha cedido tiempo en una prueba que no es su especialidad. Su rival no estaba preparado, y no ha estado a la altura de las circunstancias. No ha sido el mejor. Mañana, en París, el Sastre será el emperador.

Carlos Sastre ha dejado de ser un buen ciclista. Carlos Sastre es un maestro del ciclismo. Y un verdadero maestro no sólo ilustra en la disciplina de que es especialista. Alecciona para la vida.

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2 comentarios »

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  1. lástima ke tengas ke morir para ke digan kosas buenas de ti

  2. Sí, es tan típico que aunque este tío está vivo crees que está muerto.


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