Mort, de Terry Pratchett

22 julio 22UTC 2008 en 18:05 | Publicado en Crítica | Deja un comentario
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Si bien ésta no es mi primera incursión en la literatura de Terry Pratchet, es la primera vez que lo acometo seriamente y me leo una de sus novelas de cabo a rabo.

Anteriormente había leído “El puente del troll”, un delicioso relato que fue recogido en la antología de narrativa fantástica en homenaje a Tolkien. Desconozco la fecha de redacción de ese relato así como si fue escrito expresamente para figurar en la antología, pero espero descubrirlo algún día…

Por otro lado había leído las primeras páginas de “El color de la magia”, o lo que es lo mismo, las primeras páginas de la célebre saga Mundodisco. Ciertamente Terry Pratchett hace gala de ingentes dosis de sentido común para deconstruir nuestro mundo moral y rearmarlo en otro mucho más atractivo para cierto sector del público, inspirado en el imaginario de la fantasía épica. Mundodisco caricaturiza la presuntuosidad de la ciencia y la filosofía e impone sobre ellos la paradoja, el absurdo, la espontaneidad misma de la vida. Ahora bien, no son sólo la ciencia y la filosofía los blancos del sarcasmo de Pratchett: nada queda a salvo de sus mofas.

Con estos ingredientes basta para seducir la imaginación del lector y mantenerlo interesado en lo que quiera contarse en este universo; Multiverso, para ser más exactos. Y nada más lejos de la realidad, porque es realmente muy poco lo que Terry Pratchett añade en Mort.

Mort es la historia de un muchacho así llamado, desgarbado y carente de experiencia vital, que consigue su primer empleo, se mete en líos porque se enamora de una chica con la que mantiene relaciones laborales y finalmente es despedido aunque tiene el valor de desafiar a su jefa y termina en buenos términos con ésta… Pero resulta ser que “ésta” es la Muerte. Como vemos, Terry Pratchett se emplea a fondo ya sólo para nombrar a su protagonista. No obstante, la caracterización de la Muerte es impecable, considerando las licencias cómicas, gracias a las cuales Pratchett se distingue con el único toque de maestría de la novela, y es la perfecta gradación según la cual Mort asimila casi hasta la totalidad el oficio de Muerte, en tanto que la Muerte se toma unas vacaciones para intentar sentir algo, aprovechando el trabajo que le ahorra su ayudante. De este modo la Muerte se humaniza y Mort se muertiza, por así decirlo. Tal vez Pratchett se tome excesiva molestia en evidenciar el proceso en Mort, pero, en general (lo cual incluye por completo el proceso de humanización de la Muerte) la gradación escena tras escena es verdaderamente loable.

Poco hay más digno de admirar. Los personajes son planos, estereotipados, carentes de interés ni profundidad. Uno de ellos, Albert, protagoniza un estrepitoso fracaso narrativo que busca explotar una anagnórisis (reconocimiento) y convertir un personaje cómplice en un corrupto. Por otro lado el escritor no se toma demasiadas molestias en disimular los referentes reales que emplea a la hora de caracterizar reinos y demás escenarios, ni tampoco emplea una percepción demasiado aguda de tales referentes, si bien una excepción notable es la religión de los Oyentes, que reviste cierta complejidad. La verdad es que el estilo bestselleriano es verdaderamente penoso. Leyendo un bestseller como éste uno siente lo mismo que viendo la televisión, y es que hay una inteligencia ahí que está constantemente pendiente de no hacer nada que resulte complejo y que exija -Dios nos libre-, reflexionar a fondo al público, ocupando el espacio que debería corresponder a tal complejidad con tópicos y banalidad ensartados en anzuelos consistentes en el estímulo emocional: risa, aprensión, estima, etc. De modo que el narrador se esfuerza de continuo en recomponer las situaciones para ubicar al lector, además de, como digo, exponer con simiesca transparencia los mecanismos con que pretende burlar situaciones conocidas de nuestro mundo “real”. No obstante, en algunos puntos se le escapa la pluma a Mr. Pratchett y, si andamos despistados leyendo con la ligereza que permite el estilo, en ocasiones nos podemos perder algún juego complejo cuya resolución no ha sido insistentemente reconstruida por el narrador, y tenemos que releer el fragmento con una atención ligeramente superior a la que exige ver la televisión. Otra advertencia que quisiera hacer al respecto del estilo de este libro es el gusto por las comparaciones extravagantes, del tipo (me lo invento, pero van por el estilo): “cayó al suelo con el sonido de una tostadora golpeada por un guante de boxeo lleno de hielo”. Pero bueno, chaval, no te complicas la vida en casi nada, no vengas a complicártela en esto.

La desfachatez del bueno de Terry alcanza su clímax juntamente con la novela. Cuando ya la lectura ha perdido interés porque nos hemos acostumbrado al estilo y ya no nos causa tanta gracia, si seguimos leyendo es simplemente porque nos hace gracia saber cómo acaba (o por poder decir que lo hemos leído completo). También debo señalar que el estilo se vuelve bastante más plano en las últimas páginas, donde el narrador va por faena para conducirnos al desenlace. Y lo que nos encontramos entonces es un monumento al cinismo literario en forma de deus ex machina, que para algo sirven los dioses de Mundodisco además de bromear sobre ellos. Y para colmo, el desenlace se produce en una elipsis; es decir, que Mr. Pratchett ni siquiera se toma la molestia de fabricar la machina. Manda güevos.

Después de esta lectura lo único que recomiendo abiertamente de este autor es el cuento que mencioné al principio, “El puente del troll”. El mérito del relato es que tiene una trama sencillita, que se resuelve en quince o veinte páginas, y todas ellas están repletas de enjundioso sarcasmo e ingenio cómico, permitiéndo además, en su reducida estructura, trazar un hermoso círculo que contiene una verdadera obra de arte. Cuando pretende extrapolar el estilo a novelitas que habrán de venderse como churros en formato reducido, con coloridas y barrocas ilustraciones en sus cubiertas de cartón, por seis o siete euros, la calidad resultande es tristemente inferior.

Con todo, no quisiera desanimar al lector para la lectura de éste u otros libros de Terry Pratchett. Cuando uno empieza a leer, y se encuentra fragmentos como este:

“Reciben el nombre de reanuales aquellas plantas que crecen hacia atrás en el tiempo. Se siembran este año y crecen el año pasado.
La familia de Mort estaba especializada en la destilación de vino de uvas reanuales. Se trataba de una fruta muy poderosa y buscada por los adivinos puesto que, como es obvio, les permitía ver el futuro. El único inconveniente era que la resaca se producía la mañana antes, y había que beber mucho para reponerse,
Los cultivadores reanuales eran, por lo general, hombres corpulentos y serios, muy dados a la introspección y al análisis exhaustivo del calendario. Un agricultor que se olvida de sembrar semillas normales sólo pierde la cosecha, mientras que quien se olvida de sembrar las semillas de una cosecha que ya ha sido recogida doce meses antes, se arriesga a poner en peligro toda la estructura de la causalidad, por no mencionar que es una vergüenza enorme para él.”

O la puesta en escena de Mort:

“Era un muchacho alto, pelirrojo y pecoso, con uno de esos cuerpos que dan la impresión de estar sólo marginalmente bajo el control de su dueño; un cuerpo que parecía compuesto en su mayoría de rodillas.
(…) sus piernas se desvían en todas las direcciones, y aún así parece conseguir una cierta velocidad.
(…) Se quedaron mirando fijamente la silueta lejana. Se había caído al suelo. Unas cuantas palomas se le habían acercado contoneándose para inspeccionarla.
-Y la verdad es que, tonto, tonto, no es -dijo Hamesh.
-Bueno, cerebro sí que tiene -admitió Lezek-. A veces se pone a pensar con tanta fuerza que hay que golpearlo en la cabeza para que te preste atención.”

Obviando los grotesco de los nombres de los personajes secundarios, la verdad es que uno se siente empujado a leer solamente por la comicidad del estilo, considerando además los elementos fundamentales de la saga Mundodisco, bastante interesantes de por sí. Luego, mi recomendación, es que cada uno lea hasta donde le lleguen las ganas, porque no tiene nada más una vez has captado el estilo.

Para finalizar, transcribo mi fragmento favorito del libro. Ya que atravieso una espantosa crisis creativa, merece la pena leer cosas como esta (es un pie de página remitido por la palabra pizza):

“La primera pizza tuvo origen en el disco y fue una creación del místico klatchiano Ronron Joe Revelation Shuwadhi. Ronron manifestó que le fue entregada en sueños por el mismísimo Creador del Mundodisco, el Cual, aparentemente, le comentó que era lo que se había propuesto crear desde el comienzo. Los viajeros del desierto que habían visto el original, que, según se dice, se encuentra milagrosamente conservado en la Ciudad Prohibida de Ee, sostienen que lo que el Creador tenía en mente entonces era una cosa pequeña de queso y pimientos con unas cuantas aceitunas negras -después del Cisma de los dextrosianos y de la muerte de unas veinticinco mil personas en la cruzada resultante, se permitió a los fieles que añadieran a la receta una hojita de laurel-, y que los detalles como las montañas y los mares le habían salido después, con el entusiasmo de última hora, como suele ocurrir con tanta frecuencia.”

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