Los caminos del arte

12 julio 12UTC 2008 en 2:50 | Publicado en Pretensiones literarias | Deja un comentario
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Horacio es un artista moderno. Empezó a la temprana edad de once años escribiendo caligramas obscenos como entretenimiento, pero su verdadera vocación era la música. Compró un piano viejo y lo restauró para prepararlo con muñecas de porcelana, calcetines usados y toda clase de frutas, siendo sus preferidas sin duda las chirimoyas, gracias a las cuales compuso su más célebre obra, “Los estertores de K”, si bien él reniega de ésta y nunca gusta de tocarla en público si no es por grandes sumas de dinero destinadas a invertir en sus proyectos serios, puesto que tal obra fue una improvisación para una fiesta que dio para sus amigos íntimos de los círculos universitarios, y más concretamente para Miranda, una chica cuyos favores pretendía conseguir mediante esta “pomposa y banal” composición, como él la calificaba, inconcebiblemente tonal; favores que por cierto jamás obtuvo por éste ni ningún otro medio. Muchos otros éxitos entre las féminas consiguió, no obstante, gracias a su música, puesto que fue rápidamente encumbrado por su apasionada y clarividente dedicación al arte por los críticos y aficionados, que lo defendían a capa y espada como “paradigmático romántico”, “cruzado del sentido estético” y, la más común entre quienes sólo lo valoraban por el aura social que concedía su admiración, “enamorado de la vida”, aunque ésta última definición cayó en desuso después de publicarse la biografía de Chambao, perdiéndose lamentablemente entre las marismas de la omnipresente vulgaridad y dejando fuera de onda a los pobres infelices que osan repetirla en la actualidad. Él, por su parte, abdica de todos estos despropósitos, si bien es innegable que muchas de estas críticas favorables le sientan francamente bien y lo animan a aventurarse insobornablemente en las lindes del universo artístico conocido. Viste generalmente con trajes regionales de distintas tribus amazónicas, que combina con accesorios decimonónicos tales como monóculos, bombines y bastones, aunque también puede vérselo vestido de uniforme (policía, bombero, militar, cirujano y tantos otros), generalmente de ciudades cuyo nombre empieza por V, como Vancouver, Vichy o Valencia, eludiendo Viena y Venecia por resultar demasiado previsibles. La cultura occidental es “una pareja de pre-jubilados de ambiciones consumidas por el tedio y la costumbre”, en sus propias palabras, y necesita “aire fresco en forma de efebos gitones, un asesinato, o, cuanto menos, la contemplación de posibilidades similares”, para no “sumirse en un sueño más profundo que la propia muerte que les espera a unos pocos pasos”. Un encuadre gráfico desde ángulos humanamente posibles, una narración con trama en tres actos, un poema semánticamente coherente, y, lo que en lo más hondo le duele, como músico que es -aunque él prefere considerarse simplemente “artista”-: una pieza musical fijada a un tempo, y, todavía peor, armónicamente proporcionada, lo arrojan instantáneamente a una honda e inconsolable tristeza.
Horacio trabaja actualmente en la composición de una ópera destinada a ser representada en la calle -él tiene pensado que sea en la Rambla-, donde la improvisación guiada es fundamental dado que el público es parte activa. Un sector del reparto consiste en estatuas humanas que se desnudan y propinan una paliza real a un hombre manco -cuyos emolumentos superarían los del el propio Horacio- dando paso a las primeras intervenciones del piano preparado, que ha de acompañar los gemidos y los sordos impactos sobre el cuerpo del manco, momento a partir del cual la intervención de los transeúntes pone en marcha una compleja maquinaria según la cual a cada palabra le corresponde una respuesta concreta y un nuevo objeto a ser depositado en el piano además de cualquier aderezo al libre albedrío de los artistas implicados; por ejemplo, un improperio puede ser respondido con una coreografía que simula a devotos musulmanes rezando hacia la Meca por parte del reparto, en tanto que Horacio deposita unas cerezas en su piano; por su parte un verbo conjugado en imperativo provoca la congelación del reparto en la posición en que se encontraban y un insistente si bemol al piano, que es susceptible de ser sustituido por la sostenido si Horacio se encuentra suficientemente trasgresor. La lista de posibilidades es considerablemente larga y de hecho resulta mucho más dificultosa para los actores esta parte de la ópera que la memorización del libreto, aun considerando que ciertos pasajes de éste consisten en cadenas consonánticas de más de diez elementos en ascensiones cromáticas seguidas de otras más cortas, separadas unas de otras por intervalos de quinta y octava; de oraciones consistentes en varias decenas de pronombres débiles en catalán y de palíndromos en alejandrinos que mezclan el portugués, el latín medieval y el esperanto. El reparto hubo de rendirse a la inspirada genialidad del artista (que los críticos de todo el mundo empiezan a juzgar sin parangón en la escena contemporánea) cuando conocieron las bases de improvisación en caso de intervención policial, consistiendo éstas en salir corriendo cada uno de los actores y el propio Horacio en una dirección distinta y determinada, dejando al hombre manco encadenado al piano y plañendo “anihcam xe sued, fatum est, deus ex machina, mutaf tse siledurc”. Se negocia la colaboración del escenógrafo y escultor alemán de origen australiano Ernst Evans, si bien éste exige dientes de anoplogaster cornuta para su proyecto, un pez sumamente difícil de encontrar, sin los cuales el afamado artista germano no encuentra sentido a su colaboración y sólo estaría dispuesto a idear una alternativa a cambio de un concierto privado de Horacio con el cuerpo pintado de traje de luces y una montera, proposición que estuvo a punto de echar por tierra las negociaciones dado que el privilegiado músico encontró de un gusto estético deleznable pintarse el cuerpo de torero y lucir montera siendo genial como sería vestirse de luces y simular una montera con sus cabellos, pero afortunadamente el incidente se solventó tras unas cuatro horas de discusión teológica, cinco de borrachera de absenta e historia del circo romano y finalmente otras tres de divagación sobre el erotismo haitiano.

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