El 11-S, el fin de la posmodernidad y el marxismo

15 abril 15UTC 2008 en 17:00 | Publicado en Crítica | 2 comentarios
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Dicen los teóricos que el atentado contra las Torres Gemelas supone el fin de la postmodernidad. La cuestión primera es, y creo ser justo en ello, ¿qué co… es la posmodernidad?

Esto nos conduce a recuperar someramente el amplio concepto de modernidad, que, como observamos por evidente etimología, es necesario para comprender la posmodernidad, y, todavía mejor, nos servirá en conjunto con ella para reflexionar sobre el fenómeno mismo de esta clase de etiquetas.

Una aproximación de examen de bachillerato definiría modernidad como una etapa histórica de la civilización occidental que engloba todos los campos de la cultura y modifica radicalmente la existencia de los individuos, abandonando la forma de vida medieval. Todo el conjunto de las ciencias naturales, la tecnología, el pensamiento humanista, y recíprocamente, el rumbo político y económico de la sociedad europea participan de este giro histórico. El poder del Vaticano retrocede ante el empuje incontenible de la ciencia, se inicia la colonización y, con ella, un frenético crecimiento económico, que termina de propulsar los embates de transición cultural. En un sentido más profundo, la modernidad significa el nacimiento del sujeto, del yo independiente de su sociedad y consciente de sí mismo, de su distancia entre su realidad y la realidad ajena. Este yo no sólo es capaz de desarrollar un pensamiento crítico respecto de los pactos simbólicos de su sociedad sino que, he aquí la verdadera revolución, deja de creer en la trascendencia de éstos y sólo puede creer en la trascendencia de su propia existencia. El sujeto es un ser huérfano de trascendencia, un errante ente en perpetua interrogación que contempla el sentido trascendental de la existencia con melancolía pero que al mismo tiempo no puede dejar de criticarlo, por encontrarlo insuficiente, de hollar el ancho y largo del mundo espacial e intelectual en busca de respuestas que en el mejor de los casos sustituirá por otras nuevas.

Ahora que hemos sacado el libro y refrescado algunas ideas podemos señalar algunas cuestiones más concretas en lo que a la posmodernidad respecta. Uno de los rasgos clave del sujeto moderno es, como hemos dicho, su inexorabilidad crítica, lo cual acaba conduciendo a la Ilustración: a la conciencia social histórica, a la intención de intervención directa y programada de la razón del sujeto para modificar el curso de la Historia en pos de unos ideales de igualdad, libertad y fraternidad que conduzcan a unos sujetos más felices y plenos, una sociedad más justa y mejor organizada. ¡Ja! Los detractores de la implícita falacia utópica aparecen instantáneamente, simultáneamente, con la Ilustración, o, mejor dicho: forman parte de ella.

Este proceso sufre un punto de inflexión y un revés crítico durante las guerras mundiales, especialmente Segunda Guerra Mundial, que además de ser la madre de todas las guerras contiene los episodios de los campos de concentración nazis y los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. La comprensión subjetiva de este impacto es, en términos generales, puramente matemática: cuanto más viejo es el individuo, y más cercano por tanto a los hechos, mayor es su conciencia. La cuestión es que, oficialmente, para muchos la modernidad muere tras este episodio. Se abandona la esperanza de que la planificación racional pueda conducir a ningún sitio mejor del que se alcanzaría sin ella. Lo que viene después, entonces, se resume en la controvertida aseveración de un tal Fukuyama, según la cual, la Historia ha concluido. La Historia era contemplada como un proceso acumulativo, lineal, con una dirección; un sentido. Se entra entonces en una burbuja, el tiempo desaparece, los sonidos se ralentizan como bajo el agua, la visión se nubla, la percepción toda se distorsiona y la fragmentación de lo que llamamos realidad es completa y asumida. El presente se eterniza; el pasado es mero recuerdo, no participa, y el futuro ya no es algo que valga la pena plantearse. Yo añadiría, además, que la posmodernidad conoce el fin del sujeto, aunque por lo general esta idea no gusta porque el ego es demasiado necesario en nuestro sistema y no resulta posible decir en voz demasiado alta que también nos lo hemos podido cargar. Posmodernidad es una palabra bien sencilla, entonces, a pesar de la complejidad de lo que enuncia, pues es, simplemente, lo que viene una vez la modernidad ha concluye.

Hasta aquí, la versión oficial. Esto puede servir para completar apuntes y como temario para asignaturas que toquen estas cuestiones. Ahora vamos a contar cosas que no se dicen, pero se piensan.

El 11-S es una cuestión interesante. Es un lugar común para nuestra generación. Yo estaba comiendo cuando vi todo aquello por las noticias, y seguí visualmente el desplome de las torres en visitas furtivas al salón mientras chateaba en el mIRC y los contertulios avisaban de las novedades. ¿Cuál es tu historia?
Después de aquello se levantó un gran revuelo entre la comunidad intelectual, porque los defensores de la muerte de la modernidad, y por tanto, del dominio de la posmodernidad ¿qué iban a decir ante aquello? ¿Debemos seguir en nuestras burbujas? ¿De verdad no pasan cosas nuevas en la Historia que reclamen una intervención racional? Reza la leyenda que callaron, y la posmodernidad se decretó concluida.

Pues bien, señores, eso está bien, pero llegan tarde. La generación del 11-S y de Internet, desde que tenemos uso de razón, nos planteamos qué será de la Historia y qué podemos hacer por mejorarla. ¿Utopías racionalistas? Eso es una cuestión que podemos debatir en otro momento. La cuestión es; nosotros no esperamos al 11-S. Algunos eran demasiado jóvenes entonces. Da igual. El 11-S sigue sin ser necesario. Es cierto que se denunció, desde los puestos oficiales, la falsedad de la posmodernidad; esto es igualmente estéril, porque la posmodernidad no era falsa, ni siquiera un paso en falso. Que concluya no significa que no haya existido. Apoyo, desde mi opinión, su condición de paréntesis al proceso moderno. Ciertamente la actitud posmoderna contenía mucho más de modernidad que de otra cosa, pero ello tampoco desvirtúa su realidad. Un paréntesis también forma parte del texto. No sé qué puede ser lo que concluya el proceso de la modernidad, la Historia, la esperanza racionalista. No fueron los campos de exterminio nazis. Pero sí supusieron una suspensión temporal.
Si yo ahora preguntara, igual que hice con la caída de las Torres Gemelas, ¿cuál es tu historia?, al respecto de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué me diríais? Me hablaríais de libros de texto, de documentales, de cine, de televisión -qué buena es la serie Band of Brothers, ¿verdad?- Superficialmente, se me antoja que éste es el meollo. El relevo generacional y el crecimiento económico que acompañaron la posmodernidad han cerrado las sospechas que levantaron los trágicos hechos de la primera mitad de siglo. Ahora vivimos bien: tenemos pan, tenemos vino, tenemos circo, y lo mejor de todo es que tenemos paz. Esto no es el caldo de cultivo para el hedonismo y la abulia trascendental. Tal vez sí lo sea para el primer caso pero en ningún caso acompañando al segundo. Al contrario: es el caldo de cultivo para las más acertadas incisiones críticas, para las más apasionadas cruzadas místicas y las más honestas búsquedas de sentido y Verdad.

Algo así sucede con todas las grandes fechas históricas, y el discurso académico lo sabe perfectamente. 1.492 es el fin de la Edad Media; se descubre América -se inaugura la Inquisición española-, se publica la Gramática de Nebrija. Todo esto, no obstante, no se habría producido sin ciertas condiciones anteriores; sin, lo que se llama, “precedentes”. Lo sabemos todos.
El 11-S, por tanto, no es una excepción.

Ya voy, me parece, concluyendo mi disertación, y, para lo que habría sido mi propia sorpresa hace apenas unos meses, vamos a darle su toque final de marxismo. Qué mejor aliado y al mismo tiempo peligroso compañero para el marxismo que las teorías conspiranoicas, cuyo apogeo está coincidiendo, precisamente, con el episodio de la caída de las Torres Gemelas. Son recomendables, para el que tenga reparos en dar crédito a lo que voy a explicar, algunos documentales, empezando por Faranheit 9/11 de Michael Moore. También tenemos el capítulo correspondiente al 11-S de Zeitgeist, y otro documental, que recomiendo por recomendación, llamado Loose Change. El tema que tratan estos documentales es que el atentado contra las Torres Gemelas es en realidad una jugada del gobierno norteamericano, con el siguiente objetivo: provocar el miedo en la población, de modo que resulte más dócil y manipulable y apuntar como responsable y objetivo directo a combatir al mundo islámico, legitimando con una sola maniobra el saqueo y control del Oriente Medio utilizando la fuerza bruta. El fin no es salvar al mundo de la amenaza del fundamentalismo islámico, sino asegurar una posición fuerte para la economía de los Estados Unidos durante los últimos tiempos de la era del petróleo, garantizando una transición manejable hacia otras formas de energía y su consecuente impacto económico. A quien le interesen estas cuestiones le recomiendo complementar el paquete conspiranoico con el documental Las grandes mentiras del cambio climático, que nos muestra el tema como una jugada paralela al posicionamiento militar de los EUA en Oriente Medio para preparar el fin del petróleo: se crea el mito del cambio climático y se culpa del mismo a las emisiones de CO2, justamente el gas resultante de la combustión del petróleo. Ante un lema como: “es grave, pero aún estamos a tiempo”, el pueblo, que interpreta cualquier fenómeno climático intenso como un síntoma de la destrucción del planeta, está perfectamente preparado y concienciado de que debe moderarse y reducirse el consumo de petróleo, que desaparecerá finalmente.

Uno puede creer o no creer en estas teorías. Lo cierto es que por lo que yo sé, al menos uno de los documentales presenta información falsa y manipulada, aunque no -repito, por lo que yo sé- al respecto del 11-S. Sin embargo este debate queda -qué bien, empiezo a parecerme a Michael Ende en algo- fuera de las cuestiones que nos ocupan. Es irrelevante que las teorías conspiranoicas sean ciertas o no. Lo justo es, de hecho, suspender su credibilidad: su gran aportación resulta ser, precisamente, ésa: la suspensión de la credibilidad de discursos pretendidamente fieles a la verdad. Uno podría decir, eh, somos sujetos modernos, somos críticos, claro que no nos creemos lo que nos cuentan. Bueno, seamos críticos con nosotros mismos en primer término: ¿de verdad no nos creemos nada de lo que nos cuentan? Abramos el primer certamen Descartes de Incondicionalidad del Pensamiento Crítico. Como premio de honor tenemos al insigne Federico Nietzsche. ¿Quieres grabar tu nombre junto al suyo? Participa. Durante un día, sé crítico con todo, hasta las últimas consecuencias. Con todo. Esto funcionará mejor si no tienes que trabajar ni ir a clase ese día para evitar disputas problemáticas con tus jefes o tus profesores. “Qué chorrada, ya soy crítico, ¿me tomas por tonto?” Si has pensado esto, tal vez debería. Siempre se puede ser más crítico. Mucho más. No arregla nada el hecho de serlo, pero hagamos el sano ejercicio de ser conscientes de ello. Además, hay premio para el ganador: un paquete de pañuelos y una semana de baja por depresión.

Así ataviado con piel de crítico, es momento ya de acudir al marxismo y las aportaciones de Focault. La base es algo que nos resulta familiar; unos pocos ostentan el poder a partir del abuso del trabajo de la mayoría. Este poder viene legitimado por un conjunto de discursos: durante la Edad Media, por poner un ejemplo claro, el discurso religioso legitimaba los abusos de la Iglesia en contubernio con el argumento político de que las almas nobles debían gobernar el rebaño de los pobres de espíritu. Esta maquinaria bien engrasada de discursos de control y control de la producción asegura la hegemonía de los puestos dominantes. Ahora bien, en la vida todo va siempre más allá de lo que puede ser humanamente controlado: siempre existen otros discursos, discursos críticos y disidentes, y todavía más, existe la aplicación material de tales discursos. Lo que sucede es que estos discursos no modifican la estructura de poder. En algunos casos pueden sustituirla, y pueden desplazar a los antiguos discursos de control por otros nuevos. Y estos nuevos discursos, antaño rebeldes y disidentes, tan pronto como ocupen la posición de poder, se convertirán en el modo de legitimar otra clase de abusos. Así es como sucedió en el progresivo tránsito del discurso religioso y monárquico medieval hacia el discurso burgués y capitalista, hacia los ideales de la ciencia y el progreso tecnológico antaño liberadores y que hoy nos someten al abuso. En otros casos, el discurso disidente, a medida que cobra prestigio entre las posiciones de poder, es absorbido por ellas y reformulado para ser integrado en el discurso dominante. Este podría ser el caso del ecologismo hippy, que hoy en día forma parte del arsenal de las clases dominantes para los bombardeos publicitarios y periodísticos a partir de palabras clave como “medio ambiente” y “cambio climático”. Recuerdo una clase de filosofía en que la profesora dijo: todos los cambios y novedades en la tradición cultural vienen siempre, en todos los casos, auspiciadas en primer término por el contexto económico y político. Un ejemplo claro es que en tiempos de progreso económico la cultura crece; en tiempos de decadencia, lo primero que languidece es la cultura. Qué penoso, pensé yo, que ya entonces hacía años que quería dedicarme a esto de cultivar la cultura.

Permitidme dudar de la existencia de la posmodernidad cultural, así como antes dudaba de que concluyera el 11-S, porque a mi juicio ya estaba muerta por entonces. Dudemos también de la propia modernidad. La Historia, la tradición, es en realidad un cuento para irse a dormir y mantener en su letargo teórico a las mentes poderosas, para éstas se afanen en extender un vistoso tapiz de alta cultura que cubre, como un guante, un puño de hierro. La única Historia es la material, la de las armas, la de los medios de producción, de la imprenta y de Internet. Ésa es la Historia que conoce una modernidad y un paréntesis posmoderno. Hoy se puede decir: Aristóteles era un formalista. Pero, los formalistas rusos no llegan hasta el siglo XX, unos dos mil cuatrocientos años después. La única diferencia entre Aristóteles y ellos es la etiqueta, que algún profesor calvo y loco colocó con vehemencia sobre una caja, y que reza “formalismo ruso”. Y en otra caja hay escrito “filosofía griega, s. IV a.C.” Eso es todo.
Las etiquetas son prácticas para organizar pero jamás para definir. Ése es el gran peligro del pensamiento académico. Su precisión y eficacia distributiva corren el riesgo de padecer credibilidad. No os las creáis. Sirven para buscar por épocas en las enciclopedias históricas. Para asociar a un pintor con Velásquez: “ah, mira, del barroco”. A Kesey con Bolaño. “Ah, mira, posmodernos”. Referencias. Relaciones. Nunca identidades. De hecho, la identidad misma es siempre ilusión. Es como mobiliario. Trata de tocar el mobiliario de tu casa. Podrás tocar el sofá, un armario, la mesita de noche de tu cuarto, pero siempre se escapa algo. Mobiliario es una palabra y nada más. No hay ningún mobiliario en la realidad material. Esto en realidad sucede con todas las palabras, además de yo y de mobiliario. Lo único que existe es un perpetuo discurso dialógico y polifónico que nunca cesa de fluir, y que arrastra a su paso cualquier etiqueta posible, cualquier posibilidad de disección y envase, porque todo lo que se marchita y muere en compartimentos cerrados tiene su continuidad en el torrente incontenible del Eterno Discurso, de la vida colectiva del espíritu humano. Sumerjámonos críticamente en esa corriente.
Las cajas cerradas que la Universidad vela contienen ideas muertas, y hay una caja etiquetada como “marxismo”. Clasificadla donde queráis, utilizadla como queráis, explicadla como queráis. Marx sigue siendo actual y su discurso no ha desaparecido, se puede resucitar, desde una perspectiva crítica y personal. Sigue vivo fuera de esas cajas, como Platón o como Hegel. Sólo tienes que acudir a sus textos, comentarlos con tus colegas los leídos. La victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial ha conducido a unas formas de vida que requirieron unas legitimaciones teóricas y académicas, lo cual incluye ciertas interpretaciones de Nietzsche. ¿Qué Nietzsche habríamos leído en un triumfo del III Reich? ¿Debemos agradecer que nos lean al Nietzsche que nos leen ahora? ¿O escogeremos la infinitésima porción que nos corresponde genuinamente a nosotros mismos? Podemos incluso descartarlo y decir: “no vale nada”. Eso sí, después de haberlo leído. Tal vez en unos años vuelva a ti y lo devores, justo cuando yo diga “no me interesa”.

Eso es lo que acaba de sucerderme con el marxismo, camaradas. Necesitamos intelectuales que no esperen a que los Estados Unidos dicten cuando concluye una etapa histórica. Necesitamos intelectuales que se anticipen a los movimientos de la clase dominante, que jueguen con ella al ajedrez, en lugar de pelearse entre ellos en combates de boxeo amañados. La clase dominante necesita legitimación. No se la regalen, no se prostituyan. Que se la gane.

P.D.: Como sé que por mi brevedad y ligereza habéis quedado sedientos de disertación os remito a este enlace con más reflexiones sobre el tema, muy interesantes.

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2 comentarios »

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  1. …en los setenta se vivía en las calles, supongo que eso es modernismo,y parecido al mundo antiguo griego de las plazas, los foros, anfiteatros, ahora se vive privadamente, excluyendo, marginando, eso es postmodernismo y creo que esa sera la razon de que Humberto Eco hablaba de que avanzabamos hacia una nueva edad media: claustros, monasterios, castillos, muros,shoppings.Odio este mundo cerrado, pero es lo que hay, como dice renault ocasion; movilizarse, recuperar a Marx seria, creo, eso volver a las plazas, a las calles, dejar el mando, las play station, el ordenador y sentarse en alguna plaza a conversar con la gente.

  2. ¿Será internet una plaza pública? No como sucedáneo ni como copia defectuosa, sino como variación válida, sin sustituir jamás la alternativa física, que, por desgracia, Dios sabe si podremos rescatar.


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