La Caza del Crítico

12 agosto 12UTC 2007 en 18:40 | Publicado en Crítica | Deja un comentario
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Todos -todos los buenos, claro- tenemos bien aprendidita la lección del maestro Mairena con respecto de la crítica: “que no debemos confundirla con las malas tripas”. La imagen del crítico de estómago ardiente que escampa sus vómitos de vahos biliosos sobre toda obra de arte que encuentra a su paso es tan antigua, supongo, como la propia profesión.

Acabo de leer una crítica nefasta sobre el concierto de Michael Nyman, al que yo pude asistir, en el Grec, firmado por un tal Miguel Jurado. Pasado el rebote inicial uno supone que al tipo sencillamente no le gusta Michael Nyman y descarga la amargura de tener que escribir -peor todavía, tener que soportar el concierto para después escribir- sobre alguien que le desagrada. Aunque también podría ser perfectemente que el Nyman le puso mala cara en el recibidor del hotel. En fin, todo es posible cuando hablamos de un crítico capaz de concluir un artículo con semejante párrafo: “¡Qué lástima que esa noche no hubiera reinado el silencio más absoluto en el anfiteatro de Montjuïc para haber podido disfrutar, una vez más, de las imágenes de El hombre de la cámara sin las molestias provocadas por la música de Nyman!” Los que pagamos una entrada por sufrir esas molestias, por supuesto, somos unos ignorantes con gustos musicales defectuosos.

Ahora bien, tengo que reconocer que mi gusto por la música es eminentemente pasional y escasamente intelectual, ante lo cual quizá alguien diga, bueno, el artículo tenía sus fundamentos musicológicos. El argumento sigue siendo insuficiente para sostener la crítica, pero aprovecharé para sacar a relucir otra crítica que me puso igualmente enfermo; otro producto de las úlceras que sufren algunos. Ésta ni siquiera viene firmada, lo cual es curioso cuando el autor, con toda la pachorra del mundo, escribe al respecto de la portada: “no sé si acreditada, me parece que no”. Bueno, yo os puedo afirmar sin duda alguna al respecto que tal artículo NO viene firmado, lo cual es especialmente aberrante teniendo en cuenta que despacha a “La velocidad de la luz” de Javier Cercas con una estrella y una ascendente retahíla de descalificaciones. No es que me parezca un libro magnífico, pero si bien no podía afirmar o desmentir las motivaciones técnicas que llevaban al anterior crítico a cargarse a Nyman de un plumazo, sí que estoy en condiciones “formacionales” de discutir los argumentos que escribe el Ulceroso del Antifaz, por llamarlo de algún modo: “eso sí, se lee fácil, porque sino el lector un tanto exigente ya estaría colgado del pino más cercano al comprobar tal acopio de lugares comunes”. Debo reconocer que en cierto modo convengo con esta frase. Ahora bien: “eso sí, se lee fácil” es el único comentario mínimamente positivo, o cuanto menos no-negativo que podemos leer en todo el artículo, que debe tener unas 200 ó 300 palabras… siendo un poco matemáticos, estamos hablando aproximadamente de una crítica compuesta por un 2% de opinión no-negativa, un 10-15% de descripción y un 80-87% de crítica destructiva. En estas cifras se mueve también el artículo sobre Nyman, aunque creo que sería más preciso eliminar el 2% de opinión no-negativa (en favor de la descripción). No quisiera convertir este artículo en una tabla aritmética de lo que debe ser la composición de un análisis crítico, pero, en fin, tampoco quiero eludir las posibilidades a la reflexión que ofrece un estudio númerico de dicha composición.

Decía Poe, el gran Poe -qué alivio pensar en alguien que escribía bien después de repasar los dos artículos que acabo de mencionar…-, que las críticas consisten en señalar los aspectos negativos de una obra para que de ese modo, por el contraste, queden de manifiesto sus méritos, que son mayoría y en consecuencia resultarían más difíciles y tediosos de diseccionar. En gran medida me parece ése el modo más acertado de hacer crítica, por lo menos para las buenas obras, porque constituye una aportación: al señalar los aspectos mejorables de una obra y hacerlo constructivamente, respetando el esqueleto y manteniendo un balance positivo, permite mostrar no sólo el talento del autor sino también la eficacia del crítico. Si no se trata de una buena obra, claro, el balance no puede ser positivo. Ahora bien, en tal caso, si respetamos la inversión de la polaridad, ¿no sería más adecuado señalar los aspectos positivos para contrastar por consiguiente los negativos?

Punto aparte supone el estilo denominado impresionista, que elude el sentido técnico para sustutuirlo por la “impresión”, pero esto debe ser descartado por dos motivos: en primer lugar, porque la impresión requiere del prestigio de una sensibilidad acreditada -por ejemplo, Clarín-, y en segundo, porque, consecuentemente con el cambio de estilo el objeto de la crítica no es analizar sino animar al público a acercarse a una obra. No obstante muchos ulcerosos harían bien en dejarse inspirar por esta actitud.

Existe todavía otra perspectiva que considero necesario rescatar. Corresponde al inmenso Kafka, quien se negaba a sí mismo la condición de crítico por ser incapaz de alejase de sí para regresar luego y considerar en todo momento la distancia entre ambas posiciones. Mi interpretación es que Kafka considera que el crítico ha de eludir su propia persona al ejercer la crítica, para evitar que ésta se contamine por pasiones personales, pero que al mismo tiempo exige que la persona se involucre íntegramente pues es la formación integral de una persona lo que la acredita para ser crítico de arte, por lo cual debe discernir en todo momento ambas realidades y filtrar todo aquello que resulte útil y provechoso para el lector. Y la destrucción, si no viene de la mano de algún tipo de rendimiento del espacio destruido, no beneficia a nadie, sólo sacia ansias.

Llegados a este punto me parece innecesario agregar danbrownianamente una definición de “qué es un crítico de arte”. Sea como fuere, lo que me parece evidente, es que a parte de la mala ostia que me hayan podido generar estos dos artículos, después de haber señalado someramente algunas reflexiones de los maestros y dejando las operaciones que conllevan al resultado a la inteligencia del lector, me parece evidente que estos críticos están haciendo mal su trabajo. Que a mí me moleste una opinión no me parece motivo para ensartar siete párrafos de corridillo recurriendo a Kafka, Poe y Machado; que alguien esté haciendo mal su trabajo sí. Y especialmente cuando está tan cerca de mis competencias “profesionales”: no lo negaré, porque lo siento como una suerte de intrusismo, pero también porque por eso mismo estoy en condiciones de detallar, punto por punto, como si de un sumario judicial se tratara, el problema -y espero que celebréis mi criterio al ahorraros dicho sumario.

Ya pasé mi época de renegar de la RENFE, cuyos problemas también sufro. Pero nadie atesta las cartas al editor con quejas sobre las malas críticas, y las sufro igualmente. Desde aquí os animo y solicito a quien, como yo, se sienta indignado por la incompetencia profesional de ciertos individuos, remita las referencias de críticas que sólo sirven para paliar las malas tripas.

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